Entrada al Concurso | "La máscara: el rostro oculto" | Blancajueves

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Blancajueves

Cuando llegó Doña Francisca a presentar a su nieta de cinco años al registro civil, la oficina parecía un mercado. Dos enormes ventiladores colgaban del techo y se movían con lentitud, dando la sensación de pereza. En contraste, la gente caminaba de un lado a otro, papeles y carpetas se multiplicaban y se escuchaba un incesante tecleo: clac, clac, clac, clac, cual ametralladora desordenada cuyo eco se estrellaba en grandes archivos verticales y escritorios de metal. Cuando al fin fue atendida, unas tres horas después, explicó que su hija se fue para la capital y le dejó a la niña para que la cuidara por unos días, todavía no ha regresado, además necesita el documento para inscribirla en la escuela. La funcionaria ya ha escuchado tantas veces esas historias de abandonos que apenas revisó el certificado de nacimiento y confirmó el parentesco. De inmediato se puso a teclear de manera casi autómata, pausando solamente para beber café y preguntar por la información.

-¿El nombre de la niña? Preguntó.
-Blancanieves, respondió Doña Francisca.


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Clac, clac, clac, clac, el dedo medio fue a parar en la frontera entre dos letras, la J le ganó la carrera a la N y no se percataron del error, Doña Francisca y su nieta no sabían leer, la funcionaria solo pensaba en el almuerzo y nadie quería estar en aquel hervidero que llamaban oficina, ni siquiera el registrador, quien firmó sin prestar atención. Así comenzaron los traumas para la pequeña Blancajueves del Valle.

Como ha sido su rutina desde que empezó la carrera de Psicología en la universidad, Blanca se levantó a las cinco de la mañana para iniciar su ritual de belleza que incluye alisarse el cabello y aplicarse un denso maquillarse, además de vestir con moda juvenil. Su máscara ha pervivido durante años, pero este año la menopausia le está respirando en la nuca, le susurra en tono burlón frases de una canción de Arjona, la señora de cuarenta y tantos... Una lágrima intenta lanzarse al vacío, desahogar la amargura, es detenida de inmediato antes de dañar la crema antienvejecimiento con vitaminas A, B, C, D, E…

-Cállate Arjona, no jodas más.


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La dualidad de su percepción del mundo y de su propia vida ha sido su mayor reto clínico, creció sintiéndose una parodia y acumuló tanto resentimiento que ni los postulados de Sigmund Freud, Albert Ellis, Burrhus Skinner, Fritz Peris y Aaron Beck han podido exorcizarla. No es capaz de superar su adicción a las fantasías, aunque la realidad le muestre su disformidad, esas prótesis de senos y nalgas que no se articulan con el resto de su cuerpo. Ella prosigue, se coloca sus lentes de contacto azules y termina de maquillarse ante su espejo mágico, el que transforma reflejos del pasado y del futuro en un absurdo presente que niega el sigiloso y despiadado paso de los años. Luego sale a trabajar mientras su mente reemplaza sus recuerdos traumáticos de juventud con una nueva obsesión por ser reconocida en las redes sociales.

Afronta otro día participando en un sistema lúdico de verdades y mentiras, donde nunca se ha identificado con el papel cómico y trágico, el de comedia involuntaria que le asignó la vida. En su consultorio, como la Dra. Blanca Torres, nacida Blancajueves del Valle Torrealba, atiende a parejas conflictivas, personas en estado depresivo, con estrés, unas con baja autoestima, otras con trastornos alimenticios, drogadictos y hasta padres llevando a sus hijos que se identifican como Therians. Cada caso trae a su mente escenas que le conmueven. Una y otra vez retorna a su adolescencia cuando juró que tras su metamorfosis de niña a mujer nadie volvería a burlarse, pero ese cuerpo curvilíneo jamás llegó tras su desarrollo. Escucha a sus pacientes, sonríe y anota en su libreta. Su mente la interrumpe otra vez, le recuerda que todavía es virgen, que el carisma no lo repartieron el día que nació, que además es adicta al diazepam, alprazolam y baclofeno y que también cuando todo termine será un nombre sepultado por el tiempo.


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Esa misma tarde, cuando regresaba a su apartamento, un aguacero sorprendió a Blanca, esta vez sintió asco cuando se miró al espejo. El maquillaje corrido, el pelo enrollado y desordenado, sus formas artificiales. La soledad la esperaba para recordarle los años que pasó buscando un novio acorde con su apariencia y lo que ocurrió. Su propia imagen la hizo llorar, abrió el ventanal y dejó entrar a la lluvia. Sabía de su autodestrucción, pero no podía detenerse. Otra vez apareció el recuerdo, en la escuela había una Blancanieves a la que todos querían y ella era la otra, la parodia, la que nunca sacaron a bailar, la que permaneció durante años frente a dos senderos, eligió la imagen ilusoria que rige el actual mundo convencional, cuando ha podido ir por otro alternativo, ser humana y reírse de sí misma. La ventana y las pastillas también son dos caminos.



Las imágenes fueron generadas con Gémini AI.



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El principio del relato literal describió el registro civil de mi ciudad natal, Mérida, Yucatán. Así tal cual siempre que paso por ahí, parece un hervidero de gente que no sabes ni a qué módulo tienes qué acudir entre filas.

En cuanto a Blanca, ella es un retrato fiel de una sociedad obsesionada con las apariencias; la presión que recibe, la desesperación en la que uno cae al ver que nadie le acepta por lo que es. Esas cosas dejan marcada a la persona; es un trauma que solo puede sanarse cuando empiezas a aceptarte a ti mismo y dejas de buscar agradar a los demás.

Excelente relato, mi estimado @saavedraa . ¡Saludos y que tengas un bonito día!

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Agradecido por su destacado comentario. Considero que la mayoría de las redes sociales han mutado hasta el punto de condicionar a las personas que hacen vida allí. Las máscaras de la vida se intensifican en el mundo virtual, lo que también lleva a multiplicar los complejos y amarguras.

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¡Maravilloso texto y, tristemente, tan realista! ¡Bien hecho!

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Agradecido por el comentario. Un abrazo.

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